Un año se termina y pareciera que en realidad es una década la que finaliza. ¡Un momento!

Sí, es una década la que termina -sí, seguro habrá quienes dirán que ésta termina con la llegada del 2021-. Lo cierto es que, para ser más específicos, es una visión arbitraria la idea del transcurrir del tiempo. Sólo son días que pasan y que se aglutinan en pequeños cuadritos de calendarios que hacen que nos movamos cada vez más y más rápido. Cual juego de mesa, recorremos un cuadrito a la vez, un cuadradito en el que entran metas, deadlines, sueños, utopías, informes, gobiernos, guerras, luchas.

Pero, de repente, en el último momento del cuadrito final, nos envuelve un halo de esperanza por el año a iniciar. Nos volvemos a sentir optimistas. Como si un gran poder astral apretase el botón “Reset” y todo quedase atrás. Como un “esconder bajo la alfombra” cósmico.  Y se torna un tanto hipócrita este sentir, cuando, en realidad, durante todos los cuadritos del calendario nos hemos perfeccionado en desarrollar una habilidad para nada difícil: armarnos de una especie de callosidad de lo que sucede en el exterior.

Estamos curtidos/as de la realidad gracias a la empatía selectiva. Parece que fue ayer cuando ancianos/as intentaban suicidarse por la falta de dinero para remedios o alimentos y, sin más, seguimos nuestro rumbo sin saber más de ellos/as. Vemos un episodio en IGTV de algún filósofo/a en un intento de paráfrasis de Descartes de “me conecto, luego existo”. Nos armamos de libros de autoayuda que adormecen y nos dicen qué sentir para no sentir.

Mientras tanto, abundan veganos/as que lloran por el sufrimiento de los sin voz, cuando en el interín miran sin ver a un/a niño/a que pide una moneda en la calle para comer. Y así, ya sin siquiera abrir la boca, nos hicimos consumidores masivos de los emojis, stickers y memes que, por su funcionalidad a la inmediatez, reducen una decodificación de la actualidad en un solo pestañeo. Benditas imágenes que degluten una realidad que muy pocas veces es verdaderamente cierta.

Y así, en un prender y apagar de pantallas, nos transformamos en opinadores seriales, expertos/as en política, economía, sociedad e incluso nos volvimos decisores de cuerpos que no nos pertenecen. De pronto, todo se volvió símbolo: los pañuelos azules, los verdes, el Brian, la Jenny, los planeros/as, el trapito, el vago, la grieta, el gato, la yegua…

En un instante, sin darnos cuenta nuestras almas sufrieron una especie de apoplejía emocional que nos impedía sentir. Cuerpos inertes, anestesiados, sin reacción alguna ante las injusticias que nos rodeaban. Y así, vinieron por los/as jubilados/as, los/as trabajadores/as, los/as científicos/as, los/as jóvenes y, de pronto, cuando quisimos mirar alrededor no nos encontramos.

Nos habían despojado de todo: la voz que nunca alzamos lo suficientemente fuerte, el puño que no levantamos suficientemente alto, el abrazo compañero que nunca dimos, el sentir de hermano que hacía mucho no teníamos. Sin más, sin previo aviso, un día la realidad nos tiró al suelo de golpe, como cuando te encuentra una ola mal parado/a y te lleva por delante sin piedad… esa ola neoliberal nos había dejado tirados/as y desnudos/as a la intemperie, trastabillando sin saber cómo había sucedido, no la habíamos visto venir.

Toda la región fue inundada por ésta. Empezamos a ver a Latinoamérica sangrar nuevamente, a tener una especie de dejá vù de una historia que los/as más jóvenes habíamos leído sólo en libros.

Después de décadas, se nos erizó la piel con un nuevo golpe de Estado en América Latina, mientras que veíamos cómo el resto de las fuerzas de la región empezaban a sacar lustre a sus botas. Otra vez, el terror. Pero, esta vez, nos despertó. Fue el terror el que nos abofeteó la cara y nos sacó de ese sueño profundo que nos mantenía adormecidos/as, sin reacción.

Ahí, en ese instante, entendimos realmente lo que significaba que la Patria es el otro y que el amor vence al odio. Comprendimos finalmente que estaba terminantemente prohibida la tibieza.

Nos levantamos. La calle volvió a ser el escenario sobre el que la esperanza transitaba. El corazón no sólo volvió a bombear, sino que nos dimos cuenta de que ese latido era un sentir latinoamericano. Las urnas se llenaron de sueños robados y deseos de recuperarlos. Y, así, como una briza que no trae aires de cambio, sino de esperanza, después de mucho tiempo, nos sentimos simplemente bien. La tranquilidad de dormir y no esperar una medida que vulnere nuestros derechos con el despertar de un nuevo día.

Este año entendimos que sin movimiento no hay acción. Que la deconstrucción es un proceso largo y difícil en una constante lucha contra los estímulos externos que nos anestesian de la realidad.

Nuestro deseo desde el PETAS es que cultivemos el espíritu crítico, que nos reconozcamos la lucha del otro y la hagamos propia. Queda mucho por andar, pero si es al lado de un/a compañero/a el camino se vuelve uno.

¡Feliz Navidad y un esperanzador 2020!

 

Tatiana Pizarro | becaria CONICET, investigadora del Programa de Estudios del Trabajo, el Ambiente y la Sociedad (PETAS), Instituto de Investigaciones Socioeconómicas, FACSO-UNSJ 

Ilustraciones de Rebecca Vincent (c) 

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