2020: honrar las muertes, atesorar las vidas.

Por Jorge Daniel Ivars y Lidia Furlani

Cumple la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación,  el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20:25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación…[1]

El 25 de noviembre nos sorprendió la triste noticia que había fallecido el señor Diego Armando Maradona, “El Diego”; sí, el mismo día que, cuatro años antes, partiera Fidel Castro. El suceso tuvo trascendencia global, en todo el sentido de la palabra, ya que no sólo produjo reverberación en Occidente. Por el contrario, los homenajes a su memoria fueron visibles en los cinco continentes. Pareciera que este acontecimiento vino a coronar un año particularmente trágico.

La materialidad de la muerte resuena al decir 2020, ésta se hizo cotidiana. Apareció para echarnos en cara su imponente presencia en cada pequeño movimiento de la carne. Se propuso corrernos del berrinche antropocéntrico que acuñamos desde hace siglos, situándonos en el lugar más incómodo de esta limitada humanidad: morir. Por supuesto, no pudo faltar una política de la afectividad ante semejante suceso; en consecuencia, algunas muertes tomaron visibilidad y fueron llorables. En cambio, otras padecieron la condena del anonimato por ser vidas menos amables, donde la barrera de especie, clase y género aplica bastante bien.

La muerte hizo su jugada a lo grande y no tomó recaudos, desató las paranoias, ansiedades y angustias que guardamos en el cajón más recóndito del clóset. Sin lugar a dudas fuimos sólo lxs seres humanos quienes armamos semejante escándalo; por su parte gatos, perros, plantas, cerros y montañas se mantuvieron en silencio. Y no precisamente porque no tuvieran razones para reclamar por el orquestado desastre ecológico y ambiental que sostenemos hace años, recordando que sólo los incendios en Australia acabaron con la vida de más de mil millones de animales.

No pocos intelectuales y pensadorxs suponían que las medidas restrictivas a la circulación como respuesta a la pandemia causada por el virus del síndrome respiratorio agudo severo tipo-2 (SARS-CoV-2), habilitaría profundas mutaciones en el orden social y subjetivo. Estos augurios, ciertamente infundados, no se cumplieron.

La exitosa respuesta de China y Vietnam, por poner sólo dos ejemplos en relación con la pandemia, muestra las fortalezas de una economía y una sociedad fuertemente estatalizada y en manos de partidos comunistas, al menos en lo que respecta a objetivos colectivos. Mientras tanto, Europa y América, áreas de libre neoliberalismo, se vieron sacudidas por masivas expresiones ultraderechistas que niegan no sólo la autoridad del Estado, sino de la ciencia, y amparadas en discursos inconsistentes reclaman el sagrado derecho individual a propagar el virus. Asimismo, importantes porciones de la población están exigiendo libertad para no adherir al calendario “obligatorio” de vacunaciones en nombre de los mismos intocables privilegios.

¿Acaso estas tensiones estarían mostrando la decadencia ética-cultural del capitalismo financiero y del sacrosanto derecho a la propiedad privada?

El cuerpo conceptual del hombre burgués occidental se ve cuestionado en sus propias entrañas ¿Cuáles son los límites de la burbuja unipersonal? El autoproclamado triunfo del pensamiento único y su falacia individualista exhiben su carácter pírrico y nos hacen soñar, acaso, con alguna fisura en su devenir hegemónico.

En este punto, ¿cabe la vieja pregunta socialismo o barbarie? Y la mente, las tripas y el corazón nos llevan nuevamente al Diego. No al futbolista, sino al contestatario, que fue incómodo para el statu quo y también para múltiples progresismos, para los que fue mucho más que una genialidad del deporte. Al que en el peor momento del asedio imperial contra Venezuela viajó a abrazar a su presidente. Pero también al que se enfrentaba a la FIFA, a Bush y también a Macri. Quizás esa sea la trascendencia de su muerte en todos los continentes, ¿acaso no habrá sido también el Diego y su muerte un signo de las transmutaciones que sí están sucediendo?

La dicotómica percepción de caos o paraíso obtura la necesidad imperiosa de convivir con una pandemia. Es claro que no nos deja satisfechxs las alternativas de cinismo o idealización para entender este presente tan amplio y complejo. La precariedad humana hace referencia, justamente, a la condición ontológica de interdependencia de lxs unxs con lxs otrxs. La pedagógica expresión meritocrática: “yo solito”, es fácticamente imposible.

El sostenimiento de la/una vida es, de manera indefectible, en comunidad y esto incluye a otras existencias no humanas, aunque éstas estén invisibilizadas. Esto, a pesar de que los grandes medios de (des)comunicación inundan las pantallas de supuestos liberales que hablan de individualidades absolutas, eso no será posible. Cada trama que tejemos o cortamos mata y crea nuevas realidades, pequeñas alteraciones, desviaciones microscópicas del destino.

El pueblo resiste y recuerda, inmortaliza en remeras, paredes y canciones aquellas vidas consideradas inolvidables, lo hace por las historias más variadas que cualquier persona pueda imaginar. La muerte e inmortalidad del Diego es la síntesis de todas las contradicciones lógicas posibles que no se oponen entre sí, sino que habitan en una imagen; en este caso, la del 10.

La biología y las ciencias sociales, siempre tan alejadas, hoy se encuentran más abigarradas que nunca. Los impecables análisis no resistieron semejante error de la Matrix.  Fue un virus el que paralizó la maquinaria capitalista por unos instantes y esto fue sublime y aterrador, escapaba a cualquier hipótesis humanista de salvación del mundo.

El 2020 nos propuso la urgencia de mirarnos como seres humanos precarios, con la imperiosa necesidad de corrernos del centro del mundo. Cualquier posibilidad de vidas más vivibles es desde las políticas antiespecistas, queda más que planteado desde el centro latinoamericano en los incendios de La Amazonia hasta las emergencias hídricas de Las Lagunas de Guanacache en el corazón cuyano.

La pandemia nos conecta con muertes reales y simbólicas. El vaciamiento sistemático que llevó adelante el colonialismo nos arrebató algunos símbolos y rituales para darle paso a la muerte en la vida. El llanto de miles ante la tristísima noticia de la muerte de Maradona merece el respeto de otrxs que no lo sienten igual. El llanto como signo de despedir lo que no volverá, aquello que perdimos, que nos robaron.

Nada es posible matar del todo, ni al capitalismo ni a la resistencia de los pueblos, como algunos quisieran. Convivir en tensión, en lucha, entre y con ambos será la época que deberemos asumir.

Llegando al solsticio de verano de este imprevisto año le regalamos una plegaria a la Tierra, anhelando que nos escuche: Que los llantos honren muertes florecientes y alimenten vidas más vivibles para seres humanos y no humanos.

[1] Comunicado de cadena oficial a cargo del locutor Jorge Furnot.

 

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