Una carta para todas

Por Tatiana Pizarro 

Querida hermana,

Quizás te extrañe esta carta. Estoy aquí, en mi cuarto propio. Sí, lo sé. Lejos estoy de ser Virginia Wolf. Pero, es en este lugar donde no pueden entrar; mejor dicho, donde no los dejo ingresar.

Estoy muy cansada, seguramente vos también. Empezamos a movernos y, con esto, a sentir esas cadenas que nos oprimían. Por supuesto que Rosa Luxemburgo tenía razón: “quien no se mueve, no siente las cadenas”.  Algunas están muy oxidadas, de larga data; otras son tan nuevas que con su brillo encandilan. Cuando empezamos a sacudirlas, no sólo sentimos su peso, sino que también las rompimos, pero cada vez vuelven con grilletes más gruesos y ajustados. Es agotador.

Sí, lo sé.  Sé que cuando nos movemos, toda la estructura de la sociedad se mueve con nosotras. Bah, en realidad, no se mueve, la movemos. La dejamos tambaleante, cual terremoto que ataca a una construcción arcaica. Y, con esto, prescribió el cómo deberíamos ser y emprendimos el mostrar quiénes somos en realidad.

Claro, por supuesto, esto que te digo que hacemos parece algo utópico, fácil y un tanto pacífico. Sabemos que no es, ni fue así. Conocemos nuestras opciones: seguir calladas y morir o… hablar y morir.

Sabemos que nuestra historia tiene que ver más con lo que por siglos callamos que con todo lo que hoy decimos. Fue así como empezamos a hablar y, sí, también seguimos abonando la tierra con nuestros cuerpos mutilados. Una y otra vez, tocamos fondo, nos matan una a una. Y sobre esa tierra sembramos y volvemos a nacer, con más dolor, con más espinas.

Poco a poco, convertimos a los susurros en gritos. Comprendimos que las luchas unidimensionales no existen, porque no vivimos vidas unidimensionales. Nos fundimos en un abrazo colectivo luego de desaprender todo lo falso que nos habían hecho creer y con amor aprehendimos a la sororidad. Y así, juntas, nos pusimos de pie y vimos cuál era nuestra verdadera altura.

Hermana, ¡cuánto daño nos hicieron con la falsa idea del amor y el ser amada! Kate Millet lo declaró, el amor fue nuestro opio. Mientras nosotras amábamos, ellos gobernaban… En el nombre del amor, les dimos la llave de nuestras vidas. En el nombre del amor, les dimos durante siglos el completo control sobre nuestras vidas, nuestros cuerpos. Creímos que debíamos aceptar aquellas cosas que no podíamos cambiar; hasta que descubrimos que debemos cambiar eso que no podíamos aceptar.  Y en un cimbronazo, les usurpamos el control… y nuestros úteros volvieron a ser nuestros, la decisión de maternar o no, ahora es sólo nuestra.

Hermana, no te pido que odies por todo lo que se nos ha negado. Te pido que no te fíes.

No confíes en aquel que se hace llamar aliado y tiene un pañuelo verde atado en su muñeca. Es nuestra lucha, no necesitamos su voz para que sea legitimada. Hemos pasado siglos oyéndolos, es nuestro turno de hacernos oír.

Es nuestra carne la que hurgan buscando su placer a pesar de nuestras negativas. Es nuestro tiempo el robado ante el cuidado contante de les hijes. Son nuestras vidas las que culminan al tirarnos en bolsas de basuras. Son nuestras renuncias obligadas para sus beneficios.

Hermana, ahí los verás. Compartiendo ésta y otras cartas más sobre el difícil mantra de ser mujer, mientras que siguen siendo y comportándose como los verdugos de una realidad desigual. Sí, fueron y siguen siendo nuestros verdugos.

Resiste, hermana. Sé qué se siente tener quemada la piel con la mirada libidinosa por su esperma urgente.

Resiste, hermana. Sé qué se siente ser despedida porque ya no le eres funcional a sus objetivos de progreso.

Resiste, hermana.  Sé cómo se siente el miedo de estar al tanto que ese puede ser el último adiós ante la incertidumbre de que te quiten el camino a casa.

Resiste, hermana. Sé cómo se siente la impotencia ante la relevancia otorgada a ese pulcro edificio frente a lo minúscula que parece ser la pérdida de nuestras vidas en manos de alguien que no aceptó nuestros “¡NO!”.

Resiste, hermana.

Resiste.

Resiste.

No. No resistas más. ¡Gritá!

¡GRITÁ!

Porque si nos tocan a una, respondemos todas.

 

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