CUANDO IMPORTAR EL OTRO PASÓ DE MODA

Una reflexión en voz alta sobre la empatía, el cuidado y el individualismo de nuestro tiempo

Desde hace más de treinta años trabajo como profesor e investigador en temas vinculados al desarrollo social. A lo largo de este tiempo he estudiado procesos de exclusión social, desigualdades e injusticias, y he observado con preocupación cómo la riqueza se concentra cada vez más en pocas manos, tanto en nuestro país como a nivel global. La contracara de ese proceso es conocida: pobreza, marginalidad, sufrimiento y una creciente sensación de desesperanza para millones de personas.

Sin embargo, hoy no quiero opinar desde los datos, las teorías o los indicadores. Quiero compartir lo que siento desde un lugar más personal, desde lo que me pasa como padre, hijo, hermano, vecino. Fui educado con valores que resaltaban la importancia de la bondad, la justicia, la generosidad y la empatía. Aprendí que vivir en sociedad implicaba pensar también en los demás, especialmente en quienes atraviesan situaciones más difíciles. Aprendí que ayudar, compartir y cuidar no eran signos de debilidad, sino algo natural de nuestra condición humana, aquella que -supuestamente- nos diferencia de los animalitos.

Pero últimamente me pregunto: ¿En qué momento preocuparnos por los demás empezó a verse como una debilidad? ¿Desde cuándo ser una persona sensible, empática y atenta a lo que les pasa a otros se convirtió en algo que hay que corregir?

Mi preocupación nace de observar hechos concretos que vivenciamos a diario. Veo dirigentes políticos que hablan del sufrimiento humano con una frialdad alarmante. Presidentes que reaccionan con indiferencia ante el cierre de fábricas y la pérdida de miles de puestos de trabajo, reduciendo el drama de familias enteras a la idea de que simplemente deberán «reconvertirse». Líderes que amenazan con hacer desaparecer toda una civilización, como si la vida de millones de personas fuera una pieza más en un tablero geopolítico. Veo migrantes a los que se les cierra la puerta en la cara. Personas con discapacidad convertidas en motivo de burla. Ancianos tratados como un estorbo. Chicos que crecen sin una sola oportunidad mientras un puñado, cada vez más chico, junta fortunas que ni siquiera alcanzamos a imaginar.

No son sólo estos hechos lo que me inquieta. Es la naturalidad con la que muchas veces son aceptados, justificados o incluso celebrados. Como si la falta de empatía fuera una muestra de fortaleza. Como si la crueldad se hubiera transformado en una virtud y la compasión en un defecto. Como si preocuparse por quien sufre fuera un signo de ingenuidad y no una condición básica para convivir en sociedad. Hay días en que siento que estamos premiando el “primero yo”. Parece que la consigna es pensar primero en uno mismo, protegerse de todo y mirar únicamente las propias necesidades.

¿En qué momento se cambiaron los valores que nos enseñaron de chicos?

Cuando veo tanta crueldad, tanta indiferencia y tanto desprecio hacia quienes son más vulnerables, me pregunto qué clase de sociedad estamos construyendo. Si dejamos de cuidarnos unos a otros, si cada persona se encierra en sí misma y solo se preocupa por su propio bienestar, ¿qué nos queda como comunidad?

Creo que los vínculos no se sostienen solos con autonomía y autosuficiencia. Se sostienen con cuidado. Con solidaridad. Con esa cosa tan simple y tan difícil a la vez: darte cuenta de que al otro le duele algo, y que eso te importa. Son esos gestos, y no otros, los que hacen posible las amistades, las familias, los barrios, la vida compartida.

En el trabajo y entre amigos escucho seguido a personas cansadas de ser siempre las que entienden, las que ayudan, las que piensan en los demás. Y las comprendo, porque a mí también me pasa. Duele toparse con la indiferencia. Duele el egoísmo, la falta de reciprocidad. Duele ver injusticias y sentir que uno vale tan poco. Pero también pienso que ese dolor es, en el fondo, una buena noticia: quiere decir quizás que todavía nos queda algo intacto, la capacidad de darnos cuenta de que algo está mal.

Me pregunto y no tengo respuestas. ¿Cómo volvemos a darle valor a la empatía? ¿Cómo hacemos para que más gente se anime a mirar un poco más allá de sí misma, para tejer vínculos hechos de respeto, de responsabilidad, de cuidado mutuo? Me interpela la idea de construir un nuevo desafío como sociedad, la de recuperar valores como la sensibilidad y encontrar la manera de sostenerla sin renunciar a quienes somos. Y es que creo que el pensar en los demás será la única cosa que podrá mantener vivo el tejido social que nos une y nos permite seguir caminando juntos.

Si has llegado con la lectura hasta acá, y algo de lo que digo te hace sentido, capaz que ya somos dos. Y eso ya es u montón.


Ilustraciones: ADAM MARTINAKIS

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