por Tatiana Maricel Pizarro
Cuando era chica, los científicos vivían en otra galaxia. Los imaginaba con guardapolvo blanco, el pelo revuelto y una pizarra llena de fórmulas que nadie más podía descifrar. Aparecían en alguna enciclopedia o en un documental de la tele y después se esfumaban, como esas estrellas que uno cree ver y que en realidad ya no están -creo que en la adolescencia me enteré que esa luz que veíamos era en realidad el resplandor de una estrella muerta-.
No conocía a ninguno. No sabía dónde trabajaban, qué comían, si tenían hijos, si les transpiraba la espalda en el asiento del 123. La ciencia era un lugar al que no se llegaba, un planeta lejano del que solo nos llegaban noticias (muy) de vez en cuando.
Hoy soy una de ellos. Y desde adentro, la galaxia se ve bastante distinta. Te diré que las lucecitas del árbol de Navidad tienen más brillo. Los científicos que conozco son mortales, más mortales que nunca. Hacen malabares para llegar a fin de mes, dan clases en dos o tres lugares, pagan de su bolsillo los congresos y, cada tanto, en voz baja, se preguntan si vale la pena seguir.
Entre aquella imagen de mi infancia y esta realidad hay una distancia enorme. Y creo que en esa distancia se esconde buena parte de lo que nos pasa. La sociedad no sabe bien qué hacemos. Y una parte de esa responsabilidad, aunque nos cueste decirlo, es nuestra.
Una frase que no se fue
En 1994, el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo mandó a la socióloga del CONICET Susana Torrado a lavar los platos. Lo dijo así, a viva voz, en público, sin pudor. La frase quedó como emblema de una época, pero también como una herida que nunca terminó de cerrar. Treinta años después, los platos siguen sucios.
Aunque, en rigor, la historia empieza antes. En julio de 1966, a semanas del golpe de Onganía, la policía entró a bastonazos en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA para desalojar a docentes y estudiantes que resistían la intervención de las universidades. Fue la Noche de los Bastones Largos. En los días siguientes renunciaron 1.378 docentes de la UBA, más de la quinta parte del total, y en Exactas se fue cerca del 70% del cuerpo académico. Emigraron 301 profesores universitarios, 215 de ellos científicos, que terminaron dando clases y haciendo investigación en Chile, Venezuela, Brasil, Estados Unidos o Europa. Aquello fue persecución abierta, en plena dictadura. Lo que inauguraron los noventa, en democracia, fue otra cosa, más sutil y más persistente. Ya no se trataba de perseguir a la ciencia sino de volverla prescindible, de presentarla como un lujo, un gasto, algo que un país serio podía darse el gusto de recortar y, claramente, prescindir.
Esa lógica volvió una y otra vez. En 2001, la ley de Déficit Cero recortó un 13% los salarios estatales, incluidos los nuestros. En diciembre de 2016, investigadoras e investigadores ocuparon el entonces Ministerio de Ciencia después de que se redujeran drásticamente los ingresos a la carrera del CONICET (la historia de nuestra vida). En 2018, ese ministerio fue degradado a Secretaría. En 2021 hubo un respiro, con la sanción de la Ley 27.614 de Financiamiento de la Ciencia, que fijaba un camino de inversión creciente.

Y entonces llegó la motosierra. Desde fines de 2023 asistimos al recorte más profundo del que se tenga memoria. Para 2026, la inversión en ciencia y tecnología apenas roza el 0,14% del PBI, el nivel más bajo desde que existen registros, en 1972. Miles de puestos científicos se perdieron en el camino. En junio de este año volvimos a ocupar el Ministerio, y en septiembre salimos a la calle con la camiseta argentina puesta.
Pero hubo algo nuevo en este último capítulo. El ataque ya no fue solo presupuestario. Fue, sobre todo, discursivo. Circularon en las redes listas de títulos de investigaciones, muchas de ciencias sociales y humanidades, recortados de su contexto y expuestos como prueba de despilfarro. Los cuestionamientos “¿Y esto para qué sirve?”, “¿Esto quién lo paga?”, “¿Con mis impuestos?” se volvieron virales. Y nosotros, que sabíamos la respuesta, no supimos darla a tiempo.
Lo que no contamos
Durante décadas, la ciencia argentina se habló a sí misma. Escribimos para nuestros pares, en revistas que casi nadie fuera de la academia lee, muchas veces en inglés y detrás de un muro de pago. Aprendimos a medir nuestro valor en papers, citas y puntajes de evaluación, y en esa cuenta la divulgación casi no sumaba. Contarle a la vecina lo que hacíamos era, en el mejor de los casos, un gesto simpático. En el peor, una pérdida de tiempo.
Dimos por sentado que nuestro valor era evidente. Que la sociedad sabía, sin que se lo dijéramos, que detrás de cada vacuna, de cada semilla resistente a la sequía, de cada política pública bien diseñada, había gente investigando. Pero lo que no se cuenta no existe. Y lo que no existe es muy fácil de recortar.
Cuando llegaron los cuestionamientos, buena parte de la ciudadanía no tenía con qué defendernos, porque nunca le habíamos dado las herramientas. No sabía qué hace un becario, cuánto cobra una investigadora, por qué estudiar el lenguaje, los cuidados o las desigualdades también es hacer ciencia. El vacío lo llenaron otros, con otras palabras.
No lo digo para culparnos. Lo digo porque nombrar la falta es el primer paso para dejar de repetirla.
Tuvo que venir una estrella culona
Y sin embargo, algo pasó. En el invierno de 2025, un equipo de científicos del CONICET bajó con un robot a las profundidades del cañón submarino de Mar del Plata y decidió transmitirlo en vivo. Sin guion, sin producción televisiva, con largas horas de fondo marino y biólogos comentando lo que veían a medida que lo descubrían.
El país se quedó mirando. La transmisión llegó a tener decenas de miles de personas conectadas en simultáneo y superó en audiencia a los canales de noticias. Una estrella de mar regordeta se volvió celebridad, un pulpo con orejas de dibujito animado se hizo tendencia, y de pronto media Argentina sabía lo que era un ROV. Meses después, la transmisión ganó el Martín Fierro de Oro en la primera edición de los premios al streaming -de hecho, se está por estrenar la película-. Y en la marcha de septiembre de este año, entre cantos y banderas, las estrellas culonas también salieron a la calle.
¿Qué fue lo que conmovió? Creo que no fueron solo los bichos raros. Fue ver a los científicos trabajando, equivocándose, emocionándose, riéndose como cualquiera. Fue descubrir que esas personas de la otra galaxia hablaban como nosotros. La gente no se enamoró de un paper. Se enamoró de un proceso que, por primera vez, la dejaron mirar.
Antes de que se apague la luz
Por eso la comunicación pública de la ciencia no es un adorno ni una tarea para cuando sobra tiempo. Hoy es una cuestión de supervivencia y, sobre todo, de democracia. La ciencia pública se sostiene con recursos públicos, y la sociedad que la financia tiene derecho a saber qué se hace con ella, para qué sirve y a quién beneficia. Contarlo no es hacer marketing. Es devolver.
Comunicar no significa simplificar hasta vaciar de sentido, ni convertir cada investigación en un espectáculo. Significa abrir la puerta del laboratorio, del archivo, del trabajo de campo. Significa aceptar que el conocimiento se construye con otros y que también se defiende con otros. Significa, en definitiva, bajar de la galaxia.
En algún lugar de San Juan hay una nena que hoy cree, como yo creía, que los científicos viven en otro planeta. Nuestra tarea es mostrarle que no. Que vivimos en su barrio, que hacemos la fila en el mismo almacén, que nos subimos al mismo 123. Que la ciencia también puede ser un lugar para ella, y que cuando llegue no va a encontrar una galaxia lejana sino una cocina llena de gente con las mangas arremangadas.
Nadie puede decir que no lo intenté. Desde mi lugarcito, con las herramientas que tuve a mano y muchas veces a pulmón, hace años que vengo dando esta batalla. En mi perfil de Instagram Tatysel, intento traducir conceptos de las ciencias sociales a objetos, escenas y palabras de todos los días, con la convicción de que la teoría también puede caber en lo cotidiano. En el IISE, el instituto en el que trabajo, creé COMCiencia, un programa pensado para que lo que investigamos no se quede guardado en un cajón ni en una revista indexada, sino que salga a dialogar con la comunidad. Y en IInfo U, el canal de streaming de la Universidad Nacional de San Juan, conduzco La ciencia está servida, un programa que imaginé, escribo y desarrollo de punta a punta, donde cada semana servimos en la mesa temas cotidianos con una buena porción de ciencia hecha en nuestra universidad.
No son grandes gestas. Son apenas los gestos de alguien que se niega a resignarse, porque creo, como creyeron otros antes que yo, que la resistencia se hace en lo pequeño, en lo cotidiano, en esas tareas mínimas que nadie aplaude pero que sostienen el sentido. Y las seguimos haciendo para que nadie vuelva a tener el atrevimiento de mandarnos a lavar los platos. Para que el desprecio por el pensamiento, ese desprecio que siempre anidó en la derecha y en el fascismo, vuelva a ser motivo de vergüenza y no de aplauso. Porque lo que hacemos no es un gasto. Es la forma que tiene un pueblo de pensarse a sí mismo, de no depender de la mirada ajena para saber quién es. Es una ciencia nacional, autónoma y soberana.
