por María Belén Arias Valle
En los últimos años, el sistema universitario argentino y latinoamericano ha atravesado un proceso de institucionalización de la sostenibilidad que no se explica únicamente por convicción ética, sino, sobre todo, por la presión creciente que ejercen los organismos internacionales, los sistemas de rankings de impacto y las propias comunidades académicas que exigen coherencia entre lo que la universidad enseña y lo que la universidad hace.
En las últimas décadas, los complejos agroindustriales olivícolas y hortícolas de Mendoza y San Juan han atravesado transformaciones profundas que no solo afectan los modos de producción, sino también las formas de gobierno, los saberes valorados y las relaciones de poder al interior de las explotaciones.
La evaluación de los programas sociales suele percibirse como una tarea técnica, reservada a especialistas. Sin embargo, en los últimos años ha ganado fuerza una idea distinta: que quienes participan de un programa (vecinas y vecinos, organizaciones comunitarias, equipos técnicos) también pueden y deben tener un papel protagónico al momento de analizar qué funciona, qué no y por qué.
En América Latina, la evaluación de programas y proyectos de desarrollo ha recorrido un largo camino. En la última década, ese camino se ha orientado cada vez más hacia la participación: involucrar a quienes implementan, a quienes se benefician, a quienes conocen de primera mano la realidad de una intervención social.