Entre escrituras punk y tomate triturado. Crónica de un ‘ensayo’ tierra adentro

Por Lidia Furlani y Natalia Silva

Los temores respecto a la escritura suelen acrecentarse mientras más nos acercamos a la rigurosidad científica. Las formaciones de posgrado nos hacen escribir tesis o artículos con una alta vigilancia sobre los términos académicos establecidos, las normas de citación, la bibliografía actualizada que fundamenta nuestros postulados, la discusión y las posturas críticas. Muchas veces, todo esto no hace más que coartar nuestros tímidos intentos de construir con las palabras escritas nuestras ideas.

En ese contexto, nos animó a escribir este ensayo la posibilidad de hablar con algo de soltura de las mujeres rurales, usar la palabra de otros modos, sacándole el temor de la cientificidad, pero jugando ahí cerca.

Se trata del concurso anual del Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS) que propuso para la realización de ensayos la temática “Mujeres Rurales: Innovando estrategias, transformando realidades”.

La propuesta buscaba experiencias de autogestión de las mujeres en el área rural, por lo que la convocatoria era pertinente para nuestros temas de trabajo. Pero, más importante, por las experiencias de vida que atravesamos: somos mujeres rurales que investigamos y escribimos.

Con esta última premisa, nos abrazamos a la certeza de que algo queríamos contar. El cuestionamiento que surgió entonces fue desde dónde pretendíamos hablar y para qué queríamos hacerlo. Nos movía pensar en ser fieles a lo que pasaba a nuestro alrededor. Describir ese movimiento que es tan rutinario que casi no parece movimiento. Lo que pasa cuando “no pasa nada”.

El trabajo, que dejamos a disposición acá, cuenta tres historias. La de la Difunta Correa, un personaje mitológico sanjuanino a quien se le rinde tributo en todo el país; la de doña Silvia, una vecina de nuestro pueblo y la  de un grupo de mujeres feriantes. Para escribirlo lo primero fue pedirles permiso a las mujeres sobre las que hablaríamos. Con cena de fin de año de por medio, las del grupo de feriantes nos dieron el sí para contar su historia, obviamente pidiéndonos pagar un asado en el caso de resultar ganador del concurso el ensayo que escribiríamos. A doña Silvia le comentamos del artículo mientras lavabamos botellas para hacer tomates triturado. Todavía no sabemos si en ese momento entendió del todo a qué nos referíamos. Por último, cuando el ensayo estaba saliendo del horno, hicimos lo que la gente del pueblo nos ha enseñado desde niñas: ir a pedir protección y favor a la Difunta Correa en su santuario. Le pedimos que bendiga el texto y también permiso para hablar de ella en el trabajo. De paso, por supuesto, le pedimos que nos ayude a ganar algún puesto, “con el tercer lugar estamos satisfechas” le dijimos. A cambio, dos paquetes de velas nos servirían de paga. La promesa estaba hecha.

Volviendo al proceso de escritura, frente a las preguntas iniciales tomamos posición. Escribíamos por el placer de contar (casi) en primera persona de los pueblos que habitamos y cómo lo hacíamos. ¿Por qué? Porque creemos que son historias que merecen ser contadas. Porque no nos interesaba la posible refutación teórica respecto de nuestra experiencia de vida, y pensábamos basar nuestro texto en relación a esto. Así dimos lugar al trabajo que concluyó en llamarse Las potencias donde “no pasa nada”. Relatos de la vida cotidiana de las mujeres de la ladera del cerro Pie de Palo, San Juan – Argentina. Un montaje donde jugamos con imágenes, creencias, prácticas, territorios, historias orales y, principalmente, personas.

Al mejor estilo punk afinamos nuestros instrumentos y nos lanzamos a la interpretación del ruido más melodioso que cuatro manos podían ejecutar. Como quien toca las únicas cuatro notas que conoce, sin que nos importara mucho lo que salía y más bien disfrutando del proceso creativo. Los primeros días de febrero recibimos la grata noticia de que ganamos el primer premio. La alegría no tenía fin!

El proceso que describimos en el artículo tiene que ver con la combinación de nuestras acciones individuales que confluyen en una acción colectiva. Actualmente somos nosotras agricultoras familiares de medio tiempo. La mitad del día hacemos trabajos rentados para un patrón, que es el Estado. Con la vuelta a nuestras casas maternas y el re-encuentro con nuestras vecinas, estamos pensando cómo vivir suficientemente bien la cotidianeidad de nuestras vidas. Esto a partir del trabajo de la tierra, con el agua disponible y las tecnologías posibles. Articulamos con organizaciones gubernamentales, charlamos con nuestrxs vecinxs amigxs y juntxs pensamos estrategias propias para hacernos de las cosas que vamos necesitado en este devenir agricultorxs 2020. Latimos el anhelo de dedicarnos a ser dueñxs de nuestro tiempo, abastecer a nuestra comunidad y sobre todo, disfrutar de la condición de vivir la ruralidad.

Hoy nos hallamos en la etapa de conformación de un grupo organizado de trabajadorxs agrícolas. Es un período de reconocer la propia episteme con la tierra y de imaginarnos horizontes posibles, donde las mujeres tengan más espacios de participación. En ese sentido, el dinero ganado en el premio lo destinamos a acondicionar una sala de elaboración de conservas para que sea habilitada por los organismos de salud pública. Pretendemos que sea de acceso comunitario, que permita procesar la fruta de los patios, las verduras de las huertas y creemos que eso permitirá la creación de una marca colectiva que nos represente.

La expectativa, pero más precisamente el deseo, es darle potencia a la construcción de lo común, lo compartido, (re)apropiarnos de la tierra, del escribir desde lo cotidiano, tomar la multiplicidad que hay en el saber-hacer. Mientras tanto, vivirnos comunitariamente escribiendo sobre nosotrxs y materializando la elaboración de alimentos para nuestra comunidad. El mayor desafío es accionar y sostenernos en la organización horizontal y plural. Ensayar con esta banda de amigxs para interpretar de manera más armónica y fuerte la música de nuestra realidad cotidiana.

Mientras tanto, en este ensayo fuimos habitando la voz y la palabra en el borde difuso, contradictorio y placentero de sabernos mujeres, campesinas, investigadoras, agricultoras organizadas, y seguramente algo indígenas.

Agradecemos la oportunidad que nos ha dado el Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica (IPDRS) para mirar tierra adentro y escribir desde nuestra vida cotidiana.

 

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